lunes, 30 de abril de 2012

EL ECLIPSE

EL CUENTO POR ENTREGAS
El eclipse
Augusto Monterroso


Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.


Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

FIN

viernes, 20 de abril de 2012

Ganas de reñir Hermanos Álvarez Quintero

TEATRO POR ENTREGAS
GANAS DE REÑIR
Hermanos Álvarez Quintero
[La peculiar ortografía que emplean los autores en el texto intenta reproducir el habla sevillana.]
Un rincón en un calle de Sevilla. Puerta de la casa de Martirio. Es por la tarde, en primavera.
Martirio, bellísima mujer, hija de un popular regente de imprenta, sale a la puerta de su casa a esperar sentada a su novio, que es fotógrafo. Tiene los ojos negros y negro el cabello, y esta tarde, negras también las intenciones. Le ha amanecido el día con ganas de reñir.

MARTIRIO: ¡Jesús con mi madre! ¡Las cosas de las viejas, señó! Si una no riñera con su novio na más que cuando tiene motivos, ¡vaya una grasia! ¡Una grasia mohosa! La cuestión es reñí sin motivo. Se tienen ganas de reñí como se tienen ganas de comerse un durse o de toma un pescao. Y hoy tengo yo ganas de reñí. Y riño. ¡Ya lo creo que riño! Santitos que me pinte van a sé demonios. Esta tarde riño con é. No es que terminemos, no; es que riño esta tarde. Se me ha puesto en la cabesa reñí. Ayí viene. Míalo qué risueño. Poco le va a durá la sonrisa. Y contoneándose. Ya te daré yo contoneo. Y creyendo que lo voy a resibí como a un Rey Mago. ¡Sirba, sirba!... ¡To el aire que eches fuera te lo vas a tené que sorbé!... ¡Sirba, sirba!...
(Breve pausa). (Sale, en efecto, silbando, Julián, con rostro placentero. El hombre viene a pasar allí el mejor rato de todo el día).
JULIÁN: ¡Hola, perdisión!
MARTIRIO: ¡Hola! ¿No traes er perro?
JULIÁN: No. Lo he dejao en casa.
MARTIRIO: ¡Como venías sirbando!...
JULIÁN: ¡Ah! Contento que está uno.
MARTIRIO: ¿Estás tú contento?
JULIÁN: ¿No me ves? ¿Y tú, no estás contenta?
MARTIRIO: Estándolo tú...
JULIÁN: Me lo dises con una cara...
MARTIRIO: Con la que tengo, hijo.
JULIÁN: ¿Te pasa argo?
MARTIRIO: ¿A mi? ¿Por qué?
JULIÁN: ¡Qué sé yo! Te veo de una forma... ¿Me he retardao, quisás? (Mira su reloj). Ar contrario: no; son las seis, y tos los días vengo a las seis y media...
MARTIRIO: Lo cuá sinifica que tos los días pues vení antes, y no vienes... porque no se te antoja.
JULIÁN: Según se da er trabajo en la fotografía...
MARTIRIO: Yo no me voy a meté en averiguarlo, ¿sabes?
JULIÁN: Unas veses acude mucho público y otras veses poco...
MARTIRIO: ¡Si no te pido esplicasiones, Julián! Ayá tú.
JULIÁN: Er resurtao es que te incomodas porque vengo a verte media hora antes. Lo tendré presente pa mañana.
MARTIRIO: ¿Pa mañana? No pienses pa tan lejos.
JULIÁN: ¿Eh?
MARTIRIO: Ya lo he dicho.
JULIÁN: (Haciéndose cargo de la situación, como otras veces).¡Bueno está! (Pausa. Silba de nuevo).
MARTIRIO: Sirba, hijo, sirba más; a vé si viene er perro y me yena de purgas.


JULIÁN: Tú, tú; que mi perro no tiene purgas.
MARTIRIO: ¡Ah! es verdá: soy yo quien se las pega ar perro.
JULIÁN: Pero, mujé, ¿qué bicho te ha picao?
MARTIRIO: ¡Habrá sío una purga!
JULIÁN: ¡Vaya! ¿Y tu madre?
MARTIRIO: ¡Ya era hora, hombre!
JULIÁN: ¿Qué?

MARTIRIO: ¡Ya era hora de que me preguntaras por eya!

JULIÁN: ¡Si acabo de yegá, Martirio!

MARTIRIO: Pero has tenío tiempo de hablá de veinte cosas antes que de mi madre; er perro, los sirbíos, mí cara, tu negosio, la hora, las purgas... ¡Lo úrtimo, mi madre! ¡Bien le pagas lo que te quiere! Pos te engañas en más de la mitá: mi madre, pa mí, es lo primero. Si lo quieres así, lo tomas, y si no, lo dejas. Esto no armite variante.

JULIÁN: To lo que sea pa ti lo primero lo es siempre pa mí.

MARTIRIO: ¿Mi madre va a sé pa ti primero que tu madre? ¡Eso se lo cuentas a tu abuela!

JULIÁN: Bueno, cuando no se quiere comprendé...

MARTIRIO: ¡Si yo soy un soquete!

(Pausa).

JULIÁN: ¿No me has sacao siya?

MARTIRIO: ¡Como no pensaba que ibas a vení tan temprano!... ¡Has venío tan temprano!...

JULIÁN: Claro; sí. Iré yo por una, en castigo.

(Va a entrar en la casa y la impertinencia de Martirio lo detiene).

MARTIRIO: Mi padre, bueno; grasias.

JULIÁN: Con tu padre he estao yo hablando hase sinco minutos, y sé que está bueno. Salía de la imprenta y lo he acompañao hasta er café.

MARTIRIO: Pero ¡yo no soy adivinadora!

JULIÁN: Es verdá. ¡Ni yo adivinadó tampoco! ¡Y bien que lo siento; porque me gustaría adiviná qué caracoles te susede esta tarde!

MARTIRIO: Mira, mira, fotógrafo: gritos y palabrotas, no; que la caye es muy ancha y pues irte por donde más coraje te dé. (Julián hace un gesto, y luego se vuelve de nuevo hacia la casa para entrar en ella).¡Ahí está! Ensima, vuérveme la esparda.

JULIÁN; ¡Si voy por la siya! ¿He de entrá en tu casa andando pa atrás, como pasean las monjas?

(Se mete dentro tal como dice).

MARTIRIO: Ya verás, ya verás. Todavía no he empesao. Y er día que me coge con ganas de reñi, ér mismo me ayuda. Na más de verlo tan campante, se me aumentan. Paesco una gata frente a un perro. Ya verás, ya verás. (A él, que trae una silla). ¡Hombre, qué bonito! ¿No se te ha ocurrío cogé la siya más que de la sala?

JULIÁN: La que he encontrao más serca, Martirio.

MARTIRIO: Y, ¿no se te figura mucho lujo pa la puerta e la caye?

JULIÁN; ¿Cuár traigo entonses? ¡Dímelo tú!

MARTIRIO: ¡Cuarquiera menos ésa!

JULIÁN: ¡Bueno! (Éntrase en la casa otra vez).

MARTIRIO: Ya verás, ya verás. ¿De dónde sacará mi madre que pa reñí hasen farta motivos? ¡Chocheses! Y, sobre to, que si yo no riño esta tarde, no duermo esta noche. ¡Y prefiero que no duerma é!

(Vuelve Julián con otra silla vieja cuyo asiento está roto).

JULIÁN: ¿Habré asertao ahora? ¡No me dirás que ésta es de lujo!

MARTIRIO: ¡Mira qué ánge tienes también! ¡Míralo qué grasioso! ¡Ponme en vergüensa, hombre! ¡Que cuarquiera que pase y la vea prinsipie a yamá a voses ar siyero!

JULIÁN: No tengas cuidao, porque el asiento voy a taparlo yo ahora mismo. (Se sienta). Ya está. ¡Lo que es otra siya no saco!

(Pausa. Él no sabe ya qué decirle. Enciende un cigarrillo).

MARTIRIO: ¡No podía fartá la chimenea!

JULIÁN: (Levantándose y tirando el pitillo con rabia). ¡Caray, que no hay manera de entenderte!

MARTIRIO: ¿Ves? ¡Ya está el asiento al aire!

JULIÁN: ¡Pos déjalo! ¡Así se ventila! Quéate con Dios, y tómate un cosimiento pa la sangre, prenda.

MARTIRIO: ¡Ah!, pero, ¿te vas?

JULIÁN: ¡Naturarmente! ¡Ni que te conosiera de dos días! Ya está visto que esta tarde hay que peleá porque sí. Y como está visto y yo no quiero peleá porque sí, me voy sin más espera.

MARTIRIO: Pretextos pa dejarme cuando te aguardan los amigos, no te fartan nunca.

JULIÁN: ¿Es desí, que yo me voy ahora por gusto, por capricho?

MARTIRIO: ¡A vé!

JULIÁN: ¡Ea! ¡Pos no me voy: me quedo! ¡Te brindaré este plato una vez más!

MARTIRIO: ¿Una vez más o una vez menos?

JULIÁN: Eso no lo entiendo, Martirio.

MARTIRIO: Ni yo tampoco. Pero en esta casa er regente de imprenta es mi padre: yo no tengo por qué medí las palabras. Digo siempre lo que se me viene a la boca. Si conviene, bien; y si no, lo dicho; la caye es más larga que ancha y está sembrá de cayejuelas. Don Rodrigo murió en la jorca. Y fuma, fuma si te lo pide er cuerpo.

JULIÁN: No. Te molesta el humo.

MARTIRIO: El humo, no: es lo único que no me molesta. Me molesta er pitiyo. El argodonsito de la boquiya ¡me da un asco!... ¡Uf! ¡Qué asco me da!

JULIÁN: ¡Pos fumo emboquiyaos porque te daban asco los otros!

MARTIRIO: ¡Pos ahora me dan asco los emboquiyaos!

JULIÁN: Sí, sí. (Después de otro silencio, se levanta y se acerca a ella para quemar el último cartucho. Advierte entonces que vuelve a dejar descubierto el roto asiento de la silla, y la tapa con el sombrero). ¿Se te pué preguntá una cosa?


MARTIRIO: Y siento; ¿soy yo un puercoespín?

JULIÁN: ¿Has resibío las pruebas de los retratos?

MARTIRIO: ¿De qué retratos?

JULIÁN: ¡De tos tuyos!

MARTIRIO: ¿De los míos? Pero ¿aquéya soy yo? ¡Qué való tienes! ¡Te lusiste, hombre! Aquéya será una muñeca; pero ¡lo que es yo!... Por toa la vesindá he paseao las pruebas, y la que más ha tomao er retrato por er de una parienta mía más negra que er betún. ¿Soy yo tan negra, hijo?

JULIÁN: ¡Desgrasias! Ya ves tú, yo estaba contento...

MARTIRIO: Amor propio de los artistas. Pero ni conmigo ni con mi familia das nunca en er clavo. Siempre te has de estreyá. Acuérdate de lo der tío Jasinto.

JULIÁN: ¿Qué es lo der tío Jasinto?

MARTIRIO: ¿No te acuerdas? Pos ¡chico bochorno pasó! Le hisiste tú er retrato pa er kilométrico, tomó er tren... y en la primera estasión lo echaron abajo. ¡Si se paresería!

JULIÁN: (Sonriendo). Ese es un cuento que anda por Seviya... y a ti se te ha antojao encajármelo ahora. Pero yo no soy aquer fotógrafo. En fin... la voluntá me sarve. Veremos otra vez.

MARTIRIO: ¡Como que voy yo a está vistiéndome ca cuatro días y subiendo y bajando a tu palomá hasta que tú des en la yema! Y cuidao que te lo previne: ¡yoviendo no sale bien ningún retrato! Pero te empeñaste. Y en er momento de quitarle er tapón a la máquina, diluviaba.

JULIÁN: Sí, sí. (Se hace aire con el sombrero).

MARTIRIO: ¿Tienes caló?

JULIÁN: ¿Es que no lo hase?

MARTIRIO: Yo no tengo ninguno.

JULIÁN: Pos yo sí.

MARTIRIO: Tú eres muy fogoso.

JULIÁN: ¿Muy fogoso? (Con violencia y coraje). ¡Si yo fuera muy fogoso, Martirio!...

MARTIRIO: ¿Qué? ¡Acaba hombre! Amagá y no dá es de... de...

JULIÁN: ¿De qué? ¡Acaba tú!

MARTIRIO: Acaba tú primero.

JULIÁN: Sí, voy a acabá, sí; voy a acabá por irme.

MARTIRIO: ¡Como que no deseas otra cosa desde que yegaste!

JULIÁN: ¡Cuando lo despiden a uno!...

MARTIRIO: ¡Cuando una ve que se viene ar lao de una por compromiso!...

JULIÁN: ¡Cuando uno se convense de que no se trata más que de peleá sin rasón!...

MARTIRIO: ¡Ah! ¿Yo no tengo rasón pa peleá contigo esta tarde?

JULIÁN: ¿Qué rasón tienes?

MARTIRIO: ¿No tengo rasón?

JULIÁN: ¡Dime una siquiera!

MARTIRIO: No te dará en los dientes, goloso.

JULIÁN: ¡Dime una!

MARTIRIO: Eso quisieras tú. A mí me gusta que se me lean las cosas en la frente.

JULIÁN: ¡Pos lo que es eso!... Apenas he yegao esta tarde te he leío como en un carté. ¡Ganas de reñí que tienes hoy! ¡Ni más ni menos!

MARTIRIO: ¿Ganas de reñí?

JULIÁN: ¡Ganas de reñí que te entran como un costipao... y hasta que no lo sudo yo no te pones buena! ¡Ea! ¡De verano!

MARTIRIO: ¿Ar fin te vas?

JULIÁN: ¡Claro! ¿Pa qué he de quedarme más tiempo? ¿No querías reñí? ¿No hemos reñío ya? ¡Pos Santas Pascuas y que sea enhorabuena!

MARTIRIO: Mira, Julián, no grites, que estamos en la caye.

JULIÁN: ¡Pos métete dentro!

MARTIRIO: ¡Qué bonita contestasión! ¡Y soy yo la de las ganas de peleá!

JULIÁN: ¡No; soy yo!

MARTIRIO: ¡Digo, si eres tú!

JULIÁN; ¡Yo, yo; yo que he venío a verte con esas intensiones!

MARTIRIO; ¡Eso es!

JULIÁN: ¡Eso es!

MARTIRIO: ¡Eso, eso es; no lo repitas con retintín!

JULIÁN: ¡Sin rintintín ninguno! ¡Eso es!

MARTIRIO: ¡Eso es!

JULIÁN: ¡Ya, grasias a Dios, estamos de acuerdo! Y como ya estamos de acuerdo grasias a Dios... ¡hasta mañana si Dios quiere! ¡O hasta er día der Juisio!


MARTIRIO: ¡Hasta er vaye de Josafá! ¿A mi, qué?

JULIÁN: ¡A sudá er costipao! (Vase echando fuego por el lado contrario al que llegó).

MARTIRIO: ¡A sudarlo! ¡Tómate un seyo urgente! (Gritándole cuando ya ha desaparecido).¡Si te piensas que ahora voy a yorá, te equivocas! (Sonriendo dichosa después). ¡Diga mi madre lo que quiera, esto sabe a gloria bendita! ¡Ay, qué a gusto estoy!



TELÓN


viernes, 13 de abril de 2012

El barril de Amontillado II Edgar Allan Poe

CUENTO POR ENTREGAS
El barril de Amontillado (continuación)
Edgar Allan Poe





-Esas cuevas -me dijo- son muy vastas.
-Los Montresors -le contesté- era una grande y numerosa familia.
-He olvidado cuáles eran sus armas.
-Un gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente rampante, cuyos dientes se clavan en el talón.
-¡Muy bien! -dijo.
Brillaba el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi fantasía a causa del medoc. Por entre las murallas formadas por montones de esqueletos, mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos recintos de las catacumbas. Me detuve de nuevo, esta vez me atreví a coger a Fortunato de un brazo, más arriba del codo.
-El salitre -le dije-. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo, cuelga de las bóvedas. Ahora estamos bajo el lecho del río. Las gotas de humedad se filtran por entre los huesos. Venga usted. Volvamos antes de que sea muy tarde. Esa tos...
-No es nada -dijo-. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de medoc.
Rompí un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus ojos llamearon con ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un ademán que no pude comprender.
Le miré sorprendido. El repitió el movimiento, un movimiento grotesco.


-¿No comprende usted? -preguntó.
-No -le contesté.
-Entonces, ¿no es usted de la hermandad?
-¿Cómo?
-¿No pertenece usted a la masonería?
-Sí, sí -dije-; sí, sí.
-¿Usted? ¡Imposible! ¿Un masón?
-Un masón -repliqué.
-A ver, un signo -dijo.


-Éste -le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil.
-Usted bromea -dijo, retrocediéndo unos pasos-. Pero, en fin, vamos por el amontillado.
-Bien -dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi brazo.
Apoyóse pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos por debajo de una serie de bajísimas bóvedas, bajamos, avanzamos luego, descendimos después y llegamos a una profunda cripta, donde la impureza del aire hacía enrojecer más que brillar nuestras antorchas. En lo más apartado de la cripta descubríase otra menos espaciosa. En sus paredes habían sido alineados restos humanos de los que se amontonaban en la cueva de encima de nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París.
Tres lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo modo. Del cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo, formando en un rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que había quedado así descubierta por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía otro recinto interior, de unos cuatro pies de profundidad y tres de anchura, y con una altura de seis o siete. No parecía haber sido construido para un uso determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre dos de los enormes pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se apoyaba en una de las paredes de granito macizo que las circundaban.
En vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de penetrar la profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el fondo.
-Adelántese -le dije-. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi...
-Es un ignorante -interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y seguido inmediatamente por mí.
En un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la roca, se detuvo atónito y perplejo. Un momento después había yo conseguido encadenarlo al granito. Había en su superficie dos argollas de hierro, separadas horizontalmente una de otra por unos dos pies. Rodear su cintura con los eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de pocos segundos. Estaba demasiado aturdido para ofrecerme resistencia. Saqué la llave y retrocedí, saliendo del recinto.
-Pase usted la mano por la pared -le dije-, y no podrá menos que sentir el salitre. Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese. ¿No? Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes prestarle algunos cuidados que están en mi mano.
-¡El amontillado! -exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.
-Cierto -repliqué-, el amontillado.


Y diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes he aludido. Apartándolos a un lado no tardé en dejar al descubierto cierta cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho. Apenas había colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di cuenta de que la embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte. El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la profundidad del recinto. No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo luego un largo y obstinado silencio.

Encima de la primera hilada coloqué la segunda, la tercera y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la cadena. El ruido se prolongó unos minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se apaciguó, por fin, aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin interrupción las quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a la altura de mi pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por encima de la obra que había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en el interior.
Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás.
Durante un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tirar estocadas por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré satisfecho. Volví a acercarme a la pared, y contesté entonces a los gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.


Ya era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las octava, novena y décima hiladas. Había terminado casi la totalidad de la undécima, y quedaba tan sólo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su peso. Sólo parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero entonces salió del nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La voz decía:
-¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos reiremos luego en el palazzo, ¡je, je, je!, a propósito de nuestro vino! ¡Je, je, je!


-El amontillado -dije.
-¡Je, je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán esperándonos en el palazzo Lady Fortunato y los demás? Vámonos.
-Sí -dije-; vámonos ya.
-¡Por el amor de Dios, Montresor!
-Sí -dije-; por el amor de Dios.


En vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté y llamé en alta voz:
-¡Fortunato!
No hubo respuesta, y volví a llamar.
-¡Fortunato!
Tampoco me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y la dejé caer en el interior. Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión en el corazón, sin duda causada por la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la última piedra y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de huesos contra la nueva pared. Durante medio siglo, nadie los ha tocado. In pace requiescat!










                                                                                              FIN

El barril de Amontillado I Edgar Allan Poe

CUENTO POR ENTREGAS
El barril de Amontillado
Edgar Allan Poe


Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó el insulto, juré vengarme. Ustedes, que conocen tan bien la naturaleza de mi carácter, no llegarán a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando ésta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.

Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.

Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato, como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a vinos añejos, era sincero.

 Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.

Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su mano como en aquel momento.






-Querido Fortunato -le dije en tono jovial-, éste es un encuentro afortunado. Pero ¡qué buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que llaman amontillado, y tengo mis dudas.

-¿Cómo? -dijo él-. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!

-Por eso mismo le digo que tengo mis dudas -contesté-, e iba a cometer la tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.

-¡Amontillado!

-Tengo mis dudas.

-¡Amontillado!

-Y he de pagarlo.

-¡Amontillado!

-Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a Luchesi. Él es un buen entendido. Él me dirá...

-Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez.

-Y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el de usted.

-Vamos, vamos allá.

-¿Adónde?

-A sus bodegas.

-No mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene usted algún compromiso. Luchesi...

-No tengo ningún compromiso. Vamos.

-No, amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene usted mucho frío. Las bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente cubiertas de salitre.

-A pesar de todo, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a usted, y Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado.

Diciendo esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire, me dejé conducir por él hasta mi palazzo. Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la festividad del Carnaval. Ya antes les había dicho que yo no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes concretas para que no estorbaran por la casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo sabía yo, para asegurarme la inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las espaldas.

Cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le guié, haciéndole encorvarse a través de distintos aposentos por el abovedado pasaje que conducía a la bodega. Bajé delante de él una larga y tortuosa escalera, recomendándole que adoptara precauciones al seguirme. Llegamos, por fin, a los últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro, sobre el suelo húmedo de las catacumbas de los Montresors.

El andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico resonaban a cada una de sus zancadas.






-¿Y el barril? -preguntó.

-Está más allá -le contesté-. Pero observe usted esos blancos festones que brillan en las paredes de la cueva.

Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las lágrimas de la embriaguez.

-¿Salitre? -me preguntó, por fin.

-Salitre -le contesté-. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos?

-¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!...!

A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos.

-No es nada -dijo por último.

-Venga -le dije enérgicamente-. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo mío. Es usted rico, respetado, admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he sido en otro tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que mí respecta, es distinto. Volvámonos. Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad. Además, cerca de aquí vive Luchesi...

-Basta -me dijo-. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré de tos.

-Verdad, verdad -le contesté-. Realmente, no era mi intención alarmarle sin motivo, pero debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de la humedad.






Y diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila de otras análogas, tumbadas en el húmedo suelo.

-Beba -le dije, ofreciéndole el vino.

Llevóse la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me saludó con familiaridad. Los cascabeles sonaron.

-Bebo -dijo- a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro.

-Y yo, por la larga vida de usted.

De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino.



(SIGUE LA PRÓXIMA SEMANA)

domingo, 25 de marzo de 2012

Una antigualla de Sevilla (continuación)


POESÍA POR ENTREGAS
Una antigualla de Sevilla (continuación)
Duque de Rivas



  ROMANCE TERCERO
  LA CABEZA


Al tiempo que en el ocaso
Su eterna llama sepulta
El sol, y tierras y cielos
Con negras sombras se enlutan.
De la cárcel de Sevilla,
En una bóveda obscura,
Que una lámpara de cobre
Más bien asombra que alumbra,
Pasaba una extraña escena,
De aquellas que nos angustian
Si en horrenda pesadilla
El sueño nos la dibuja.
Pues no semejaba cosa
De este mundo, aunque se usan
En él cosas harto horrendas,
De que he presenciado muchas,
Sino cosa del infierno,
Funesta y maligna junta
De espectros y de vampiros,
Festín horrible de furias.
En un sillón, sobre gradas,
Se ve en negras vestiduras
Al buen Alcalde Cerón,
Ceño grave, faz adusta.
A su lado, en un bufete
Que más parece una tumba,
Prepara un viejo Notario
Sus pergaminos y plumas.
Y de aquella estancia en medio,
De tablas con sangre sucias,
Se ve un lecho, y sus cortinas
Son cuerdas, garfios, garruchas.
En torno de él dos verdugos
De imbécil facha y robusta,
De un saco de cuero aprestan
Hierros de infaustas figuras.
Sepulcral silencio reina,
Pues solamente se escucha
El chispeo de la llama
En la lámpara que ahúma
La bóveda, y de los hierros
Que los verdugos rebuscan,
El metálico sonido
Con que se apartan y juntan.


        * * *


Pronto del severo Alcalde
La voz sepulcral retumba
Diciendo : «Venga el testigo
Que ha de sufrir la tortura».
Se abrió al instante una puerta,
Por la que sale confusa
Algazara, ayes profundos
Y gemidos que espeluznan.


Y luego entre los sayones,
Esbirros y vil gentuza,
De ademanes descompuestos
Y de feroz catadura,
Una vieja miserable,
De ropa y carne desnuda,
Como un cuerpo que las hienas
Sacan de la sepultura,
Pues sólo se ve que vive
Porque flacamente lucha
Con desmayados esfuerzos,
Porque gime y porque suda.
Arrástranla los sayones;
La confortan y la ayudan
Dos religiosos franciscos,
Caladas sendas capuchas,
Y la algazara y estruendo,
Con que satánica turba
Lleva un precito a las llamas,
Por la bóveda retumba.


        * * *
 
Un negro bulto en silencio
También entra en la confusa
Escena, y sin ser notado
Tras de un pilarón se oculta.
«Ven —grita un tosco verdugo
Con una risada aguda—
Ven a casarte conmigo,
Hecha está la cama, bruja».
Otro, asiéndole los brazos
Con una mano más dura
Que unas tenazas, le dice:
«No volarás hoy a obscuras».
Y otro, atándole las piernas:
«¿Y el bote con que te untas?
Sobre la escoba a caballo
No has de hacer más de las tuyas».
Estos chistes semejaban
Los aullidos con que aguzan
La hambre los lobos, al grito
De los cuervos que barruntan
Los ya corrompidos restos
De una víctima insepulta;
La mofa con que los cafres
A su prisionero insultan.


        * * *


Tienden en el triste lecho,
Ya casi casi difunta
A la infelice; la enlazan
Con ásperas ligaduras,
Y de hierro un aparato
A su diestra mano ajustan,
Que al impulso más pequeño
Martirio espantoso anuncia.
Dice un sayón al Alcalde:
«Ya está en jaula la lechuza,
Y si aun a cantar se niega,
Yo haré que cante o que cruja».
Silencio el Alcalde impone;
Quédase todo en profunda
Quietud, y sólo gemidos
Casi apagados se escuehan.
«Mujer —prorrumpe Cerón—,
Mujer, si vivir procuras,
Declárame cuanto viste,
Y te dará Dios ayuda».
«Nada vi, nada —responde
La infeliz—: por Santa Justa
Juro que estaba, durmiendo;
No vi ni oí cosa alguna».
Replicó el juez: «¡Desdichada,
Piensa, piensa lo que juras».


Y tomando de las manos
Del Notario que le ayuda
Un candil: «Mira —prosigue—
Esta prenda que te acusa.
Di quién la tiró a la calle,
Pues confesaste ser tuya».
La mísera se estremece,
Trémula toda y convulsa,
Y respondió desmayada:
«El demonio fue, sin duda».
Y tras de una, breve pausa:
«Soy ciega, soy sorda, y muda.
Matadme, pues; lo repito:
Ni vi ni oí cosa alguna».
El juez, entonces de mármol,
Con la vara al lecho apunta;
Ase una cuerda el verdugo,
Rechina allá una garrucha,
La mano de la infelice
Se disloca y descoynta,
Y al chasquido de los huesos
Un alarido se junta.
«¡Piedad, que voy a decirlo!»
Grita con voz moribunda
La víctima, y al momento
Suspéndese la tortura.
«Declara», el juez dice; y ella,
Cobrando un vigor que asusta,
Prorrumpe: «El Rey fue...» Y su lengua
En la garganta se anuda.
Juez, escribano, verdugos,
Todos con la faz difunta,
Oyen tal nombre temblando,
Y queda la estancia muda.

        * * *

En esto, el desconocido,
Que, tras el pilar se oculta,
Hacia el potro del tormento
El firme paso apresura,
Haciendo sus choquezuelas,
Canillas y coyunturas,
El ruido que los dados
Cuando se chocan y juntan.
Rumor que al punto conoce
La infeliz, y se espeluzna,
Y repite : «El Rey; sus huesos
Así sonaron, no hay duda».
Al punto se desemboza
Y la faz descubre adusta,
Y los ojos como brasas
Aquel personaje, a cuya
Presencia, hincan la rodilla
Cuantos la bóveda ocupan,
Pues al Rey Don Pedro todos
Conocen, y se atribulan.
Este saca de su seno
Una bolsa, do relumbran
Cien monedas de oro, y dice:
«Toma y socórrete, bruja.
»Has dicho verdad, y sabe
Que el que a la justicia oculta
La verdad es reo de muerte
Y cómplice de la culpa.
»Pero, pues tú la dijiste,
Ve en paz; el cielo te escuda.
Yo soy, sí, quien mató al hombre,
Mas Dios sólo a mí me juzga.
»Pero por que satisfecha
Quede la justicia, augusta,
Ya la cabeza del reo
Allí escarmientos pronuncia».
Y era así; ya colocada
Estaba la imagen suya
En la esquina do la muerte
Dio a un hombre su espada aguda.
DEL CANDILEJO la calle
Desde entonces se intuía,
Y el busto del rey Don Pedro
Aun allí está y nos asusta.


FIN